
Extraído del libro de Casilda Rodrigañez: "La Represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente".
(Pag 236). Al término de la gestación se produce en la criatura la sensación de estar demasiado comprimida y el deseo de salir. Se trata de un deseo placentero, que nos invade de alegría. Y en este estado anímico nos preparamos psíquica y físicamente para el gran acontecimiento.
Cuando este deseo llega a un punto máximo sobreviene una gran excitación: todo el pequeño cuerpo humano está dispuesto para realizar ese esfuerzo. Hasta entonces, psíquicamente el 'yo' primario actúa según el principio del placer (Stettbacher, 1991).
A partir de aquí, comienza el fin del periodo paradisíaco del ser humano, pues el nacimiento no resulta el acto placentero que estaba previsto: la madre no está en el mismo estado anímico que la criatura abandonada al deseo, gozando de los últimos momentos de la gestación y esperando el gran acontecimiento. El útero de la madre, tenso y rígido, no va a realizar los suaves movimientos de contracción y distensión propios de la excitación sexual del parto, que relajan y terminan abriendo el cervix.
Para la criatura la sensación de compresión pasa de ser una excitante sugerencia a salir a la desagradable sensación de estar atascada. Entonces comienzan las sensaciones de dolor físico y de ahogo, y los sentimientos de angustia. Sentimos miedo. De pronto, todo va mal. Pero no podemos hacer nada para evitarlo. Estamos atrapadas, sufriendo una compresión asfixiante. Con el dolor y la sensación de asfixia crecen la angustia y el miedo. La increíble capacidad de supervivencia del ser humano hace posible que nazcan tantas criaturas vivas a pesar de los partos traumáticos.
Tras un largo periodo en el infierno, por fin salimos. Pero en lugar de encontrarnos con una acogida que, teniendo en cuenta lo que hemos pasado, nos devolviera al estado de bienestar, entramos en otra estancia del infierno.
Los seres humanos adultos tratan el parto como una operación quirúrgica en la que toda manipulación es válida, sin tener en cuenta ni siquiera las pulsiones instintivas; mucho menos los deseos, las emociones, los sentimientos o la capacidad racional de la madre. La madre está anulada en tanto que ser deseante y ser pensante. No existe dimensión psíquica o racional en el acto. Como dice Odent, se podría aprender delos veterinarios porque estos al menos tienen en cuenta las pulsiones instintuales de los animales.
Para hacernos una idea de lo que se hace con los partos podemos recordar lo que ocurre en las relaciones sexuales entre adultos cuando suena el teléfono o alguien llama a la puerta. Si una llamada de teléfono nos corta, es porque las funciones sexuales requieren la pasividad del neocortex, un estado de inhibición a favor del cerebro arcaico: lo que se dice estar en un estado de abandono al deseo y al placer. Imaginemos lo que sería lograr un orgasmo en medio de personas entrando y saliendo, hablando y diciéndonos lo que tenemos que hacer, impidiendo el abandono al deseo... Pues algo así es lo que hacemos cuando parimos, es decir, sustituir los sentimientos, el amor, el deseo entre dos personas que lleva al alumbramiento, por la técnica y las órdenes. La pérdida de la intimidad que tiene lugar en los paritorios de los hospitales culmina la trágica consagración del parto violento y doloroso.
La segunda estancia del infierno de la criatura recién nacida, Stettbacher la denomina sala de torturas: es el paritorio. Allí, por primera vez, vemos un ser humano. Vemos borroso, no vemos con la nitidez con la que vemos ahora. Pero vemos; por primera vez vemos una figura alta, enorme, oscura, que se mueve, que nos azota. Es la figura que más adelante será emulada como el hombre del saco o los ogros con los que luego nos amenazarán si no nos portamosbien, aludiendo al recuerdo que guardamos en el inconsciente de esa primera sombra terrible...
F. Leboyer, en su obra "Por un nacimiento sin violencia", cuestiona el sufrimiento de los recién nacidos, sufrimiento que durante milenios se ha considerado inevitable e incluso conveniente:
¿Decir que no habla el recién nacido? Venid, contempladle.
¿Hacen falta más comentarios?
Esa frente trágica, ojos cerrados, cejas arqueadas, preñadas de dolor...
Esta boca herida por el llanto, esta cabeza levantada hacia atrás que pugna por escapar...
Esas manos, ora tendidas y suplicantes, luego a la cabeza, ese ademán de calamidad...
Esos pies que patalean furiosamente, esas piernas encogidas para proteger su frágil vientre...
Esa carne, presa de espasmos, de sobresaltos, sacudidas...
¿No dice nada el recién nacido?
Es todo su ser el que nos grita, su cuerpo entero el que nos brama...
¿Existe otra llamada más desgarradora?
Y esta llamada que siempre ha lanzado el niño a su llegada, ¿quién la comprende, quién la escucha, quién simplemente la oye?
Nadie
¿No hay aquí un gran misterio?
Diríamos que sí, que es la otra cara de la moneda del asesinato de la madre y de su deseo: el gran misterio, el Secreto de la Humanidad, como lo ha formulado V. Sau. Leboyer, pensando que con las innovaciones que encaminaban al parto sin dolor se estaba haciendo algo por la madre, levantando así la antigua maldición, asumió el punto de vista de la criatura para ver qué podía hacerse con toda esa carga de padecimientos que el pequeño ser recién nacido tiene que soportar: potentes proyectores de luz que ciegan y queman los ojos, un mundo que vocifera a su alrededor ante unos oídos que acaban de quedar al desnudo sin la protección de los líquidos amnióticos y del vientre; pañales, tejidos de fibra para una piel casi en carne viva, que hasta ahora sólo habían conocido la suavidad del tacto de los líquidos maternos (esa sensación que nuestro inconsciente recuerda cuando nos sumergimos en un baño relajadamente), con una epidermis tan fina que cualquier contacto le hace temblar; se corta inmediatamente el cordón umbilical haciendo entrar las primeras bocanadas de aire violentamente en sus pulmones quemándole las entrañas; ciego, ensordecido, abrasado, el sollozo suena a la desesperación más tremenda.
Con todo cinismo, este llanto es celebrado como la entrada triunfal en el mundo. Lo que no nos imaginamos es que sólo acaba de empezar el calvario. Agarrado por los pies, se le suspende boca abajo sobre el vacío. Al terror del vértigo hay que sumarle la sacudida a una espina dorsal hasta entonces arqueada y apoyada en el lecho de agua dentro del vientre que lo contenía. Y a esta criatura recién llegada del calor y del suave líquido que la envolvía, se la coloca sobre una báscula fría, después abren sus párpados por la fuerza para aplicarle gotas de un líquido que la abrasa; la ponen prendas ásperas y apretadas; y, finalmente, la dejan sola en una cuna. Abandonada al hipo, al temblor, a la fatiga que todavía la acompaña. Aturdida por el horror y presa de angustia, se recoge sobre sí misma. Todavía queda el recuerdo del paraíso. Mientras, alrededor, alborozo y alegría.
Aunque algunas de estas prácticas están siendo sustituídas por otras menos infernales, gracias a Leboyer, Odent y otros que como ellos han sido permeables al sufrimiento de las criaturas recién nacidas, el nacimiento sigue siendo una entrada al Valle de Lágrimas, una expulsión del paraíso. Como dice, certeramente pero con cierta carga de ingenuidad, Leboyer:
No hay pecado.
Sólo existen el error, la ignorancia. Nuestra ceguera y nuestra resignación.
El sufrimiento es inútil. Pura invención. No satisface a los dioses.
El sufrimiento es falta de inteligencia. El parto sin dolor está ahí para probarlo.
A despecho de los violentos, de los autoritarios...
Si decimos que esta frase de Leboyer contiene una carga de ingenuidad, es porque el sufrimiento humano no sólo es 'error' e 'ignorancia'. Para algunos, no es 'inútil'. No satisface a los dioses, pero crea Poder y satisface al Poder existente, a los egos y a las clases dominantes que explotan la vida para crear y conservar los patrimonios.
El parto sin deseo y sin flujos maternos ha sido el resultado de milenios de represión de la sexualidad femenina. Como decíamos en la Primera Parte de este libro, la rigidez uterina no es una casualidad.
Para domesticar a los pequeños seres humanos, hay que mantenerles en estado de carencia y de miedo. Sustituir sistemáticamente deseo por necesidad, para someterles al sutil, imperceptible y constante chantaje de atender sus necesidades a cambio de su obediencia a la ley; como los domadores que hacen pasar hambre a los animales para doblegarles a hacer lo que quieren con el estímulo de la recompensa del alimento. Es la génesis del estado de sumisión, génesis que, según el propio Stettbacher, hay que situar en las heridas primarias, y una de las primeras es el daño que se produce en los momentos del nacimiento de cada ser humano. Como dice también Odent, el bebé que llora en el 'nido' está teniendo su primera experiencia de sumisión.
Fuente de referencia
reverenciandolafemineidad.blogspot.com/2010/1...
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